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Saturday 26 September 2020
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Ley Monsanto ahora en Guatemala

♦ Amenazan con cárcel a campesinos

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Entrevista a Byron Garoz del Centro de Estudios Rurales IXIM

Por FGER / Revista Digital El Salmón

¿Es usted otro de los que no sabe o no entiende NADA de la famosa Ley Monsanto?

Le tengo dos noticias: una buena y una mala.

La buena es que no es el único. La mala es que la Ley Monsanto habrá de impactarlo directamente, independientemente de si la entiende, le importa, cree que no le afecta. o tiene otras cosas más importantes de que preocuparse.

Digamos que fue usted uno de esos pocos que leyó la ley e hizo su mejor intento de entenderla. Supongamos que la entendió y que no vio ningún peligro inminente en su texto, nada que levantara la voz de alarma dentro de sus instintos. Incluso leyó el análisis de expertos que no ven nada extraordinario en el contenido. ¿Todo bien?

La respuesta es un rotundo “no”. Como sucede cada vez que nos meten un gol legislativo, el peligro no está en el texto de la ley, sino en lo que deja fuera, lo que no prohíbe, lo que no regula, lo que no prevé, lo que permite implícitamente, los derechos que otorga, los límites que establece.

Como está escrita, la ley se limita a definir los procesos legales y técnicos para la transferencia y registro de propiedad intelectual asociada a los genomas vegetales. De nuevo, nada diabólico a menos que se tome un par de minutos para imaginar los riesgos potenciales de permitir el registro como propiedad intelectual y comercialización de genomas vegetales que antes no se registraban ni se comercializaban.

¿Sigue sin entender?

Imagínese que llega Monsanto a la Costa Sur con una semilla transgénica de maíz que no solo es resistente a plagas, enfermedades, sequías e inundaciones sino además produce un 20 por ciento más que las variedades nativas. Lógicamente los agricultores se interesarían en esa semilla y buscarían los medios de adquirirla. En la etapa de introducción, Monsanto les daría la semilla de muy buena gana y a muy buen precio. Es un poquito más cara pero con la producción extra y lo que se ahorra en pesticidas sale la cuenta. Todos felices. Pronto la semilla se hace famosa y toda la Costa Sur la usa de acuerdo al sistema basado en la ley Monsanto. Hasta aquí todo bien.

Pocos años después, la semilla Monsanto es la única opción, ya no solo en la Costa Sur sino en todo el país. Y ya no solo es maíz, Monsanto es dueña de los genomas de frijol, arroz, papas, etc. Ya nadie tiene semilla con los genomas nativos porque la única manera de preservarla es usándola.

Al poco tiempo se encuentra el agricultor con que Monsanto sube los precios. También ha usado las sanciones establecidas en la Ley Monsanto (que todo el mundo ignoró 15 años atrás) para perseguir legalmente a los agricultores que resisten la extorsión guardando semilla de la cosecha anterior. Poco pueden hacer porque basta con un análisis de ADN para demostrar que la propiedad intelectual de la semilla usada en sus plantaciones es propiedad de Monsanto.

Que Monsanto tiene competencia dirán algunos, cierto, firmas que utilizan exactamente las mismas tácticas. En el mejor de los casos, “competencia” en este contexto implicaría un oligopolio que en nada cambiaría la situación de los agricultores y daría por sentada la destrucción de los genomas nativos.

No se necesita ser profeta para imaginar escenarios que empiezan con un monopolio fitogenético transgénico y con los agricultores de todo el país sin el derecho legal de producir alimentos, pero confío que el amable lector algo de imaginación tendrá.